“Sólo el humor salvará al mundo”
Por @robervota
Empezó casi como un año más. Después de los estresantes diciembres, las fiestas, los primeros días de enero, en general, uno se replantea algunas cosas. Como si el fin de un año o el cambio de almanaque permitieran hacerlo. Como si no se pudiera replantear en marzo, julio o noviembre. Mi 2016 arrancaba con otra esperanza de cambio de trabajo. Los últimos 5 ó 6 empezaron de la misma manera, con la misma ilusión o con la misma mentira interna, “este año tengo que cambiar, tengo que darle un vuelco a mi vida. No quiero ir más a trabajar a ese lugar”, me decía. Cabe aclarar que después de diez años de chofer de remise, en el año 2004 entré como chofer para la dueña del diario La Nación. En ese momento y después de pasar tres años de hambre y malaria, que creo no viene al caso contarlo acá y ahora, era un momento sublime. Era el cambio esperado. Igual que a principio de este año, deseaba que llegara el cambio esperado.
Los primeros días del mes de enero se pasaron entre trabajo, proyectos a corto plazo –paseos, vacaciones- y otros a largo plazo como el inicio de un programa de radio con compañeros y amigos, terminar la carrera y recibirme, a los 43 años, de Periodista Deportivo y no trabajar más ahí. Hay una frase que dicen –en general los viejos- sobre todo si son creyentes, “el hombre propone y Dios dispone”. Así fue. El 8 de enero era mi último día de labor, previo a mis vacaciones. Ese día fue el principio del cambio. No de ese cambio tan esperado, pero sí de un cambio al fin. Sin muchas ganas pero con un doble incentivo comencé el viaje a Pergamino, mi último viaje del año laboral. El primer incentivo era ese, vacaciones, tiempo de replanteos, cortes, playa, sol, familia, mar, amigos. El segundo era que justo ese día y a esa misma hora emprendían el tramo inicial los vehículos que competirían un día después en el Dakar 2016. Todo el trayecto, ida y vuelta, estuvo matizado por ese desfile interminable de autos, motos y cuatriciclos. Fotos, saludos de los pilotos, el público –familias enteras- a la vera de la ruta viéndolos pasar y demostrando que, después del fútbol, el automovilismo es el deporte más popular en la Argentina. En uno de esos parates para sacar fotos y disfrutar de esas máquinas infernales recibí un llamado de mi esposa. Sonó una alerta dentro de mí. Cuando estoy de viaje no le gusta llamarme para que no me distraiga con el teléfono mientras manejo. Quiere decir que si llamó, algo pasaba.
–“No te preocupes, vení tranquilo, pero lo internaron a tu papá”.
¿Vos querías un cambio? Ahí empezó el inicio de tu cambio, me dije. Se terminó la onda de mirar autitos pasar. Ahora era pasar autitos para llegar lo antes posible al hospital. Esto fue un 8 de enero. Después de casi diez días alternando entre terapia intermedia y terapia intensiva mi viejo murió. No lo lloré. Por lo menos para afuera, quizá me inundé por dentro. No lo hice ni por orgullo ni por querer demostrar nada, simplemente se dio así. Esa semana y algo más tuve un muy buen estado de ánimo, dentro de todo. Le ponía buena onda, humor, trataba de bancar la que viniera y esperar. Capaz sin darme cuenta quise que mis hijos, mi mujer, mis hermanas, mi vieja me vieran entero. O quizás es lo que quise mostrar para que no se quebraran otros. En cada momento, en cada horario de visita, hasta en el velorio intenté, aunque lo hice espontáneamente, desdramatizar. La situación de por sí era triste, si la cargamos con más negatividad más negativa va a ser.
Me tocó estar en algunas situaciones no demasiado cómodas como es ir a la morgue del hospital a reconocer el cuerpo, o cuando al sexto día de internación sonó el teléfono de mi casa a la madrugada. En esos momentos toda la familia está alerta y un llamado a esa hora presagia lo peor. Se murió, uno piensa enseguida. No te van a llamar para decirte “¡no sabés lo bien que está durmiendo hoy!”. Quise que me adelantaran algo por teléfono pero obviamente no pueden hacerlo. Uno en esos casos, quizá por instinto, se apura en llegar. No llevás un accidentado, ¿para qué te apurás? Si se murió, ya está y si le pasó algo lo van a resolver los médicos, no te van a esperar a vos para que resuelvas qué hacer. El motivo del llamado era una prueba más para mí en ese enero complicado. La doctora que salió a explicarme la situación era una colombiana con cara y sonrisa de esas pastoras que los domingos nos tocan el timbre de casa para “ofrecernos la palabra del Señor”. El tema era así. El estado de mi viejo era delicado. Había que decidir entre que siga respirando mal por sus propios medios y que tenga posiblemente una muerte traumática por asfixia o ahogo o entubarlo, conectarlo a un respirador artificial, que no lo haga por sus medios y ver qué pasaba. No me la dejó nada fácil la parcera. Nos sentamos en un banquito del caluroso nosocomio y entre su mirada de lástima, el brillo de sus dientes blancos como los marcos de las ventanas que nos rodeaban, mi cabeza no paraba de pensar en qué era lo mejor.
–“¿Puedo consultarlo con mis hermanas primero, hay tiempo?”, le dije. Su voz suave me dijo que sí, pero el movimiento de su cabeza y la caída de sus párpados me indicaban que la decisión debía tomarse ahí, en ese mismo instante. No lo dudé más. Ante el miedo de que una demora cambiara el desenlace, le dije que sí, que lo entubaran. Bajé corriendo los dos pisos por las escaleras de granito gris y llamé a una de mis hermanas buscando consenso. En un primer momento no lo encontré. –“Porqué lo van a entubar, si ayer estaba mejor”, me dijo y el mundo se me cayó encima del lomo. Volví corriendo y subí los mismos dos pisos para cambiar la decisión. Le pedí al hombre de seguridad que me buscara a la doctora de los dientes inmaculados. Parsimoniosamente caminó los 30 metros que separan la sala de espera de las habitaciones pero entre las dos hojas de las puertas vaivén se veía mucho movimiento. Ya no se podía volver atrás. Parece que no había demasiado tiempo. Mi decisión, buena o mala, ya era un hecho. Esa noche me costó mucho recomponerme y entender que no había tiempo para otra cosa, si no lo decidía yo, lo iban a hacer los médicos pero actuar había que actuar.
Los dos días siguientes seguimos yendo a los horarios de visita pero ya no era lo mismo lo que íbamos a ver. Era otra persona. No estaba consciente y esa manguera que bombea aire por la boca no es la mejor imagen que a uno le puede quedar. El 18 de enero a las 9 de la mañana otra vez el llamado telefónico. Otra vez desde el hospital. Otra vez la incógnita. Esta vez no hubo apuro en llegar, porque no había duda tampoco.
El 20 de ese mes salimos con mi esposa y mis tres hijos hacia San Clemente. Pensamos que nos iba a hacer bien unos días de descanso, bajar la tensión y relajar después de bancar una parada difícil para todos. Cada kilómetro que recorría pensaba que me alejaba un poco más de los problemas o situaciones conflictivas que habían pasado. Lo que no sabía era que con cada kilómetro recorrido me acercaba a otro problema o situación conflictiva. Al segundo día de estar ahí me apareció lo que en el hospital dieron en llamar…un absceso. Era como un principio de anginas. Poco dolor de garganta, algo colorada y un poco hinchado en las amígdalas. El pensamiento fácil y más directo: después de tantos días de tensión, relajaste y bajaron las defensas. Unos meses después sí iban a bajar las defensas. Esa bolita que había aparecido y que en el hospital de la ciudad balnearia quisieron combatir con tres inyecciones de corticoides era nada más y nada menos que la eclosión de un cáncer en los ganglios. Eso se supo casi cuarenta días después. El 29 de febrero -por suerte lo voy a recordar cada cuatro años- después de muchas visitas al otorrino, estudios y biopsias de por medio me diagnosticaron Linfoma no Hodgkin. Sentadito en una silla en un consultorio del primer piso del mismo hospital donde había muerto mi viejo un mes y pico antes estaba yo. Rodeado de mi esposa, el otorrino, el jefe de Otorrinolaringología, un par de enfermeras –una de ellas colombiana también- me dijeron, Linfoma no Hodgkin. Mi cara fue de…¿y eso que es? Eso lo supuse después, porque mi esposa me miró y me dijo “es cáncer, Rober”.
La primera reacción es de incredulidad. “¿Cómo voy a tener cáncer, eso les pasa a otros? Los enfermos tienen cáncer”. Claro, todas esas fueron las primeras preguntas. Casi que esas eran las más fáciles de responder. Las otras eran ¿cómo sigue la vida ahora, sigue, cuánto tiempo? ¿Cómo se lo digo a mi vieja? Viene de la muerte de su compañero de hace 60 años. ¿Se la bancará? ¿Y a mis hijos? Vienen de la muerte de su abuelo, está el cuerpo caliente todavía y ya les va a aparecer la imagen de la muerte otra vez? Y ahí apareció la clave y las respuestas. Con la verdad. Con el humor. No hay otra forma de llevar esta vida, hasta la muerte, que con la verdad y el humor. A todos y a cada uno, con el discurso adecuado, se les fue contando la novedad. Los días posteriores fueron difíciles. Uno va asimilando algunas cosas, le va cayendo la ficha de otras. Aparecen dudas como qué va a pasar con el trabajo, la facultad, el deporte…uno de los peores días fue cuando el otorrino me dijo “mañana te opero”, ah porque el absceso que había aparecido nunca había dejado de crecer en todo ese tiempo. La campanilla estaba deformada, inclinada como la torre de Pisa porque el bodoque, que ya tenía un color gris amarronado, seguía agrandándose y la corría de su centro. El “mañana te opero” del otorrino chocó contra el “no hay que operar” del oncólogo. Mi garganta y yo estábamos en el medio. El otorrino decía que no podía seguir viviendo con esa bola, que no me dejaba respirar, comer, ni dormir, pero que la operación era muy riesgosa porque estaba muy cerca de la carótida, una raspadita de más y me podía desangrar. El oncólogo decía que eso con la quimio se iba a ir, que no lo tocara, que si tocaba y salía mal el otorrino podía perder su matrícula.
Al día siguiente, 15 de marzo, estaba en la puerta del quirófano con mi esposa y mis hermanas. Acá aparece otro de los puntales para una pronta recuperación. Antes mencioné al humor, fundamental en todos los aspectos de la vida y en este más. Ahora, además, les voy a agregar la compañía. Creo que no sería posible ir para adelante en la vida solo y triste. Entré y salí del quirófano con una sonrisa en la cara. No tenía miedo. Quizá fue inconsciencia, quizás un método de defensa. Era una nueva prueba en la vida y había que hacerle frente. En los tres días siguientes, además de no poder hablar, tenía que hacer dieta comiendo helado y gelatina.
–“Cuidate, me dijo el otorrino, cuidate mucho estos días porque se te puede salir un punto y ahí sonamos”. ¡Por qué lo habrá escuchado mi esposa! No me dejaba hablar, comer, sentarme, pararme, no me dejaba hacer nada. Estuve 15 ó 20 días comiendo cosas frías o tibias y suaves, que no raspen la garganta. Para una persona que está acostumbrada a comer cualquier cosa y mucho, no era nada fácil buscar qué. Pero como en la vida todo puede ser peor y uno se va quejando pero cuando le pasa “eso peor” se da cuenta que tan mal no estaba antes. Vino la quimio. Eso sí que era feo. La quimio en sí no es para tanto. Salvo la primera que me hizo una reacción alérgica uno de los tantos medicamentos que te inyectan y empecé a sentir calor, a brotarme en todo el cuerpo, me picaba y se me cerraba la garganta. Creo que fue el primer momento que sentí miedo, no sabía qué era lo que pasaba. Le dije a la enfermera y cuando volteó a mirarme se desesperó. Cazó dos dosis de decadrón y las inyectó en el suero. De a poco la picazón empezó a bajar y otras cosas también. Yo soy como los bebés, cuando tengo hambre me pongo de mal humor y cuando veo comida se me polariza, soy el más feliz. Los 5 ó 6 días posteriores a cada una de las quimios era mucho peor que el postoperatorio. No podía tomar café, ni mate, muchos olores me daban asco, algunas comidas también (como a todo canceroso). Me daba lo mismo si me hacía un churrasco o una caja de zapatos, todo tenía el mismo gusto. Gusto a quimio, a medicación, a enfermo. No podía ir al baño, me secaba y cuando volvía eran 3 doguis y ya está. No me bancaba ni oler mi propia orina, aguantaba la respiración antes de entrar y exhalaba al salir. Se ve que me iba limpiando y eliminaba todo lo que me iban inyectando. Como a todo canceroso que se hace quimio, se me cayeron los pelos, todos los pelos de todo el cuerpo. Tejí teorías sobre los pelos. Mis amigos se reían porque les decía que “algunos” pelos sirven para pinchar gases porque a mí me salían como burbujas.
Es muy raro ver a otra persona en el espejo. Ese que está ahí no sos vos. No te llegás a reconocer. Pelado, sin pestañas, color a enfermo. Pero todo fue llevado con humor. Muchas veces no queda otra que recurrir al negro, al ácido, al que alguna gente no se atreve a decir o peor aún, hay gente que no se permite reír con ese humor. Y como yo no cargaba a nadie, o mejor dicho me cargaba a mí mismo, no paraba -hoy lo sigo haciendo- de tirar chistes con respecto a la enfermedad y a mi nuevo aspecto. Ese nuevo aspecto que me permitió grabar un video copiando a Gloria Trevi que dice “a mí me gusta andar de pelo suelto…”y yo revoleaba la supuesta melena-pelada que brillaba a la luz del sol. Cuando amigos o familiares me querían hacer algún tipo de favor la respuesta era “yo lo hago, que te pensás que tengo cáncer que no lo puedo hacer?” Uno de esos amigos que yo no pensaba que iba a estar tan presente fue Manu o Mandiú como nos llamamos mutuamente. Los prejuicios que uno tiene con respecto a que los abogados son garcas, que sólo piensan en ellos, que no tienen códigos…el flaco estuvo todo el tratamiento al pie del cañón. Siempre atento a lo que me pasaba, llamando, preguntando o invitando, cuando el clima y la quimio lo permitían, a tomar un cafecito en el bar de la esquina de su oficina. Una vez que mejoré y pude empezar a salir armó para jugar al paddle todas las semanas. Tanto me enroscó que en breve quizá nos anotemos en un torneo. -“Al negro hace dos meses le estaban midiendo el cajón y ahora quiere jugar un torneo”, fue lo último que le dije. Ahora estoy muy entusiasmado con eso, son motores que generan células sanas.
El no poder salir también es un punto en el que hay que parar y pensar. Al estar las defensas tan bajas por la quimio no se puede estar en lugares públicos, tener cuidado que nadie te contagie nada, que los que vengan a tu casa estén sin siquiera un resfrío porque si te contagian cualquier cosa ahí sí se puede terminar mal. Sólo se sale para ir al médico, a sacarse sangre y hacerse las quimios. Hay que agudizar el ingenio. Apoyarse mucho en la familia. En mi caso mi mujer y mis tres hijos fueron claves para mi recuperación y hasta para mi cuidado. Si no fuera por ellos no hubiera podido seguir al pie de la letra todas las recomendaciones de los médicos. Una linda sorpresa me dieron cuando me estaba haciendo una de las quimios y se fueron a pedir turno para reafirmar votos, aunque yo no sea creyente estamos casados por iglesia. El miércoles 8 de junio cumplimos 20 años de casados. Fue una gran emoción, imagino que el contexto potencia, compartir ese momento con familiares y amigos. No hay porque no festejar. Es sólo un problema de salud, quizá grave, quizás es uno de los que roza de cerca a la muerte, pero entonces que mejor momento para disfrutar. Como dije alguna vez “que los fantasmas cacen a ese puto pac-man para que deje de morfar".
Otra de las cosas que me ayudó mucho es tener la posibilidad de seguir estudiando. Sin ir a la facultad pude rendir materias desde mi casa. Eso me mantenía entretenido, ocupado, despejando la mente. Y acá entra una parte de uno de esos puntales que nombré más arriba. La compañía. Hubo compañeros que realmente sorprendieron. José y Coqui. Con ellos tuvimos la idea de empezar este año un programa de radio que se vio truncado por el canceroso que acá les escribe. No se pudo o no se quiso llevar a cabo porque esperaban mi vuelta. Ellos estuvieron en todo momento, enviando apuntes, audios, textos, acompañando. Nunca fuimos grandes amigos, pero se ve que sí éramos muy buenos compañeros. Éstos dos monstruos bancaron a fondo, de por vida voy a estar agradecido y en deuda. Por este motivo cambié a los encargados de entregarme el diploma a fin de año, si es que el cáncer me deja llegar. Siempre pensé en Mati Kraber y Jime Blanco, dos grandes personas que tuve como docentes pero la situación cambió y uno no puede olvidarse de quien estuvo a su lado todo este tiempo. Nunca se sabe quién va a estar en los malos momentos. Uno espera que venga un llamado o un mensaje de algunos en particular y no se espera que venga de otros. Los primeros, los que esperás y no llegan, duelen. Los segundos, además de sorprender, llenan. En éste segundo grupo no puedo dejar de mencionar a Nadir y a Anabella. Dos compañeros con los que siempre hubo un trato cordial, buena onda, pero hasta ahí. Sin embargo, ellos estuvieron presentes, aportando, sumando, acompañando. Lo que uno no debería hacer es engancharse en quién estuvo presente y quién no. Son todas situaciones particulares, cada caso debe ser especial y uno no puede pensar que, por estar enfermo, es el centro del mundo.
Un día, mientras esperaba en la cálida sala para que me atienda el oncólogo escuchaba a una señora renegar de su enfermedad, de mí enfermedad. Bastante tuneada ella. Cuarentona, cerca de un metro setenta de altura, buen cuerpo. Rubia –no natural- con grandes ojos celestes y lolas compradas. Decía que ella quimio no se iba a hacer. Que no iba a permitir que se le caiga el pelo y usar peluca. Encima, como el cáncer era de mamas, tenía que sacarse las prótesis y tampoco lo iba a hacer. Ahí estamos ante un caso en el que la medicina no puede hacer mucho. Esas son las personas que necesitan más apoyo, ya sea de la familia, de amigos o de un terapeuta. Es verdad que el cáncer tiene cura hoy, pero sin ayuda del paciente, por lo menos, se le va a hacer un poquito más difícil. Personalmente creo que solo Ken la podría salvar, porque ella se creía una Barbie.
Hay que entender y desterrar ese prejuicio que el cáncer es sinónimo de muerte. Antes quizá sí, hoy no es así. Hay miles de casos de personas que salieron, que se curaron, que tuvieron una recaída y que volvieron a salir adelante. Pero si yo estoy contando mi historia no es para, particularmente, contar mi historia. Es para que la misma les sirva a otros. Para que se vea que la medicina puede curar, pero ella sola no va a lograrlo. Necesita que nosotros la ayudemos. Y la mejor forma de lograrlo es perder el miedo. El miedo a la muerte, el miedo a la enfermedad, el miedo a reírse de uno mismo. Cuando uno se ríe de uno mismo se está aceptando a sí mismo, tal como es. Hoy por suerte tenemos muchísimas más herramientas para curarnos que hace unos años. La medicina avanzó en gran medida. La psicología ya no está vista como que sólo van los que están locos y es de gran ayuda en estos casos. Las redes sociales nos permiten estar mucho más conectados con familiares y amigos, nos permite -si queremos- estar cerca de quien necesitamos. Es por eso que remarqué en esos primeros párrafos que hay que tener cuidado con lo que uno pide en esta vida. Yo no quería ir a trabajar más y durante todo este año se me cumplió. Tenemos que aprender a convivir con lo que nos toca. Si lo que nos toca es bueno, no lo devolvemos, no nos quejamos, lo aprovechamos. Entonces por qué si lo que nos toca es algo malo, una enfermedad, una muerte cercana o lo que sea no intentamos superarlo de la mejor manera posible. Todo lo que nos llega en esta vida debería servirnos como experiencia, como un aprendizaje. En base a esas cosas buenas pero sobre todo a las que no lo son tanto es como se va forjando nuestro carácter y nuestra forma de ser y pensar.
Hoy ya pasaron las quimios más fuertes, esas que a algunos les pega por un lado y a otros por el otro, ahora vienen más leves durante dos años. Con casi nueve meses de convivencia con el cáncer puedo decir que me sirvió para darme cuenta y valorar un montón de cosas. Ahora valoro poder comer, pero también estar a dieta. Ahora valoro poder tener pelo, pero también estar pelado. Ahora valoro poder salir, pero también estar adentro. Ahora, valoro poder estar.